Cisma en la Iglesia: los lefebvristas desafían al Papa y ordenan cuatro obispos sin permiso en Suiza
En una ceremonia cargada de simbolismo tradicionalista en Écône, la Fraternidad San Pío X consumó la ruptura con el Vaticano. La Santa Sede advirtió que la medida implica la excomunión automática de los involucrados.
Bajo una gran carpa blanca montada en las praderas de Écône, sede histórica del movimiento en la Suiza francófona, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X selló hoy un nuevo capítulo de rebeldía contra Roma. En una liturgia celebrada íntegramente en latín y de espaldas al pueblo, los seguidores de Marcel Lefebvre consagraron a cuatro nuevos obispos sin el mandato del papa León XIV.
El acto, que revive el fantasma del cisma de finales de los años 80, representa una fractura “grave y dolorosa” para la Iglesia católica, que cuenta con medio millón de fieles adscritos a este movimiento ultraconservador.
Excomunión automática y los nombres de la ruptura
El derecho canónico es taxativo: la consagración de obispos sin autorización pontificia conlleva la excomunión automática (latae sententiae) tanto para quienes reciben el orden sagrado como para quienes los consagran. Los nuevos obispos -cuya autoridad no es reconocida por el Vaticano- son el suizo Pascal Schreiber, el estadounidense Michael Goldade y los franceses Michel Poinsinet de Sivry y Marc Happier.
La sanción alcanza también a los celebrantes principales: el español Alfonso de Galarreta Genua y el suizo Bernard Fellay. Se da la particularidad de que De Galarreta ya había sido excomulgado por Juan Pablo II en 1988 por un hecho idéntico, aunque posteriormente había sido perdonado por Benedicto XVI en un intento de acercamiento que hoy parece haber quedado en la nada.
La Santa Sede, a través de una carta firmada por Robert Prevost, había rogado al grupo hasta 24 horas antes del acto que no “desgarrara la túnica de Cristo”, al calificar la decisión como un pecado de extrema gravedad.
“Salvar a la Iglesia”, el argumento de los rebeldes
Durante la homilía, el superior general de los lefebvrianos, Davide Pagliarani, defendió la medida como un acto de servicio y no de desprecio hacia el Sumo Pontífice. “Pagaremos cualquier precio para salvar a la Iglesia”, afirmó ante cientos de sacerdotes alineados en filas perfectas sobre el césped suizo.