Murió a los 97 años Carlos Alonso, uno de los grandes maestros del arte argentino
El reconocido pintor mendocino murió en su casa de Unquillo, Córdoba. Discípulo de Lino Enea Spilimbergo, construyó una obra atravesada por la memoria, la violencia política y la historia argentina.
Carlos Alonso, uno de los grandes nombres de la pintura argentina del siglo XX, murió este lunes a los 97 años en su casa de Unquillo, Córdoba. El artista mendocino, reconocido por su trabajo como pintor, dibujante e ilustrador, había regresado al país después del exilio y permaneció radicado en esa provincia durante las últimas décadas de su vida.
La familia informó su muerte y anunció que realizará una despedida íntima. “Su obra y su legado permanecerán siempre”, expresaron sus allegados.
Alonso había nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929. Desde muy pequeño mostró una marcada vocación por el dibujo. Estudió en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo y, a comienzos de la década de 1950, viajó a Tucumán, donde continuó su formación en el Instituto Superior de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán.
Allí fue alumno de Lino Enea Spilimbergo, una figura decisiva en su formación. También recibió enseñanzas de artistas como Lorenzo Domínguez, Pompeyo Audivert, Ramón Gómez Cornet y Lajos Szalay.
Carlos Alonso y una obra atravesada por la historia argentina
La trayectoria de Carlos Alonso estuvo marcada por una búsqueda artística que combinó pintura, dibujo, grabado e ilustración. Su estilo incorporó elementos del informalismo, la neofiguración, el cómic, el pop y recursos propios de la narrativa cinematográfica.
Pero una de las características centrales de su obra fue su relación con la historia y la violencia política argentina.
Durante las décadas de 1960 y 1970 desarrolló algunas de sus series más reconocidas. En Lección de anatomía, iniciada en 1969, retomó la estructura de la obra de Rembrandt para trabajar sobre la muerte y las imágenes del cuerpo del Che Guevara.
También desarrolló distintas obras alrededor de la figura del hombre y el animal, especialmente mediante la representación de cuerpos humanos y vacunos. En 1976 presentó El ganado y lo perdido, una exposición realizada poco después del golpe de Estado del 24 de marzo.
Ese mismo año creó Manos anónimas, una instalación que abordaba la violencia política y que se convertiría en una de las obras fundamentales de su trayectoria.
La represión también atravesó directamente su vida. En 1976 debió abandonar la Argentina y marchó al exilio junto con su esposa Teresa y su hijo Pablo. Primero se instaló en Roma y posteriormente en Madrid.
En 1977 ocurrió uno de los hechos más dolorosos de su vida: la desaparición de su hija Paloma.
Años después, Alonso resumió aquella experiencia con una frase que también permite entender buena parte de su producción artística: “Quedé desconectado de la realidad. A pesar de salvar la vida quedé sin patria, sin fuentes”.
Un ilustrador de clásicos de la literatura
Además de su producción pictórica, Carlos Alonso tuvo una importante trayectoria como ilustrador.
En 1957 ganó el concurso organizado por la editorial Emecé para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha. Dos años después realizó las ilustraciones para Martín Fierro, una de las obras fundamentales de la literatura argentina.
También trabajó sobre textos de Esteban Echeverría. Sus ilustraciones para El matadero fueron publicadas por el Centro Editor de América Latina en 1966.
En 1968 viajó a Florencia para trabajar sobre las ilustraciones de La Divina Comedia, de Dante Alighieri. La relación con el universo de Dante continuaría durante décadas y aparecería nuevamente en diferentes series y exposiciones.
Su trabajo con los clásicos literarios llegó incluso a la Unión Soviética. En 1963 se publicaron allí tarjetas postales con imágenes de Don Quijote realizadas por Alonso junto con trabajos de Gustave Doré, Honoré Daumier y Pablo Picasso.
El exilio y el regreso a la Argentina
Carlos Alonso regresó al país en 1981 y se instaló en Córdoba. Primero residió en la ciudad de La Cumbre y luego se radicó en Unquillo, donde continuó trabajando durante décadas.