Salta reafirmó su Pacto con el Señor y la Virgen del Milagro
Bajo una marea blanca de pañuelos y ante la presencia de cientos de miles de peregrinos que llegaron desde los rincones más alejados de la provincia, Salta volvió a renovar el histórico Pacto de Fidelidad con el Señor y la Virgen del Milagro en una jornada atravesada por la devoción popular y un firme reclamo de paz social.
Dicen que la fe no se explica, pero en Salta tiene una textura física, casi táctil: cruje bajo las suelas gastadas de miles de zapatillas, huele a polvo seco de la Puna, a sudor acumulado tras días de marcha y a diez mil claveles rojos. Es quince de septiembre. El sol cae oblicuo sobre la ciudad y la temperatura baja despacio, pero en el aire no hay frío: hay una densidad humana que aturde. Ochocientas mil personas, según las estimaciones policiales, ocupan las veredas, las esquinas, las plazas. Sin embargo, los números despojan las cosas de sentido. Lo que dice algo es el tobillo hinchado de un hombre que caminó cuatro días desde San Antonio de los Cobres, la botellita de agua tibia que una mujer le ofrece a un desconocido, la devoción que no pide permiso y que se parece mucho al instinto de supervivencia.
La masa avanza también en los bordes invisibles. Más de cien mil personas siguen las transmisiones oficiales a través de las pantallas de sus celulares y computadoras, un murmullo digital que replica la marea que recorre las calles. La escena repite un rito que nació en el agua y el olvido.
Una marea de fe: Salta reafirmó su Pacto con el Señor y la Virgen del Milagro
El Cristo del océano y la tierra que tiembla
En 1592, diez años después de la fundación de Salta, dos figuras de madera cruzaron el Atlántico enviadas desde España por fray Francisco de Victoria. El Cristo llegó flotando en un cajón sobre las aguas del puerto del Callao, en el Perú, y viajó a lomo de mula por el Camino del Inca hasta Salta. Allí quedó arrinconado en la sacristía de la Iglesia Matriz, sepultado en el olvido durante casi cien años.
Fue la tierra la que tuvo que sacudirse para desenterrar la fe. El 13 de septiembre de 1692, un terremoto feroz arrasó la próspera ciudad de Esteco y dejó a Salta a merced del pánico. Durante las réplicas interminables, los vecinos entraron al templo a tientas y vieron a la Virgen intacta a los pies del altar, erguida entre los destrozos. La llamaron la Virgen del Milagro. Dos días después, el jesuita José Carrión aseguró haber escuchado una voz que le ordenaba sacar en penitencia al Cristo olvidado. La gente cargó la imagen por la plaza principal entre la polvareda y, según la tradición, los temblores cesaron. El rito quedó sellado en la memoria colectiva y se refundó con fuerza tras el sismo de 1844, consolidando la promesa de protección mutua y la coronación oficial de las figuras en 1902.
FIESTA DEL MILAGRO EN SALTA. El gobernador Gustavo Sáenz participa de la Procesión junto a la vicepresidenta, Victoria Villaruel. SANTIAGO MENDIETA/LAGACETA
Las campanas y el pacto
A las tres y media de la tarde, la multitud aguardaba contenida tras las vallas. Salieron las imágenes. Primero la Virgen de las Lágrimas, después la Virgen del Milagro envuelta en una marea de ocho mil claveles blancos —escoltada por gauchos de poncho rojo y el clero—, y finalmente, un poco antes de las 17, el Cristo Crucificado sobre un trono pesado donde crujen diez mil claveles rojos. La marea humana se agita. Los pañuelos blancos empiezan a sacudirse en el aire como una bandera colectiva mientras las campanas de la Catedral anunciaban el inicio del recorrido.
Avanzan despacio, a paso de hombre, mecánicamente suspendidos sobre los hombros de quienes cargan la fe de una provincia entera. Son veintidós cuadras de marcha. Hay una especie de silencio coral, interrumpido por el llanto de una sirena, el murmullo continuo de los rezos y el golpe sordo de las pisadas. Los peregrinos que llegaron a la madrugada —pies con ampollas abiertas, rodillas vendadas con cinta de embalar— miran las imágenes con los ojos brillantes de quien ha llegado al final de una contienda contra su propio cuerpo.